Acaba otro año desastroso
Leonardo García Tsao
Toda proporción guardada con el devastador efecto
tsunami, el cine mexicano vivió en el año que hoy concluye otro capítulo de su continuo desastre. Aunque la titular del Centro Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), Sari Bermúdez, ha anunciado una cifra mágica de 52 películas producidas en 2004, la realidad es otra. Tal vez Bermúdez haya incluido en su milagroso conteo a los llamados
videohomes, o los ejercicios escolares realizados tanto en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) como en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) porque, de otra manera, no existe la posibilidad de una producción tan nutrida. (¿Serán igual de inflados los demás números de la actual administración?).
El problema no es sólo de cantidad, sino también de calidad. De las 17 películas mexicanas estrenadas en este año, sobresale el caso excepcional de Temporada de patos, debut de Fernando Eimbcke, como muestra solitaria de lo que puede hacerse con imaginación, un buen sentido del cine y un presupuesto limitado. De lo demás... Un día sin mexicanos, de Sergio Arau, fue la más exitosa en términos económicos; es decir, el público respondió a su ocurrente premisa no obstante la reiteración de un mismo gag y un final equívoco.
Otros estrenos no pueden presumir ni de eso. Títulos como Avisos de ocasión, Fantasías, Huapango, Las lloronas, Mónica y el profesor, Santos peregrinos, Siete mujeres, un homosexual y Carlos se exhibieron de manera efímera volviendo de inmediato al limbo de donde nunca debieron salir. Cabe señalar que todas ellas fueron operas primas, por llamarlas de algún modo, afligidas por el marcado retorno del churrismo.
Sin embargo, la trayectoria no garantiza nada. El último fiasco del año resultó ser Cero y van cuatro, película de episodios dirigida por Carlos Carrera, Alejandro Gamboa, Fernando Sariñana y Antonio Serrano. La publicidad ostentaba la reunión de los cuatro directores más taquilleros del cine mexicano, pero eso no fue suficiente para llamar la atención del público. En efecto, cuesta trabajo pensar a quién estaba dirigido el complaciente cinismo de un proyecto que se regodea con monotonía en el concepto de que la corrupción somos todos. Ni el episodio de Carrera -diferente en narrativa y estilo a los demás- sirvió para atraer el morbo, aunque su descripción de un linchamiento coincidió con los hechos de San Juan Ixtayopan.
Y qué decir de Zapata -el sueño del héroe-. La costosa y abominable cinta biográfica perpetrada por Alfonso Arau. A pesar de la constante cobertura de los medios y el bombardeo publicitario, la gente no se molestó en comprobar los alcances fraudulentos de su autor. La distancia abismal entre inversión y ganancia, ambición y resultado, la convierten en el fracaso más estrepitoso de este y muchos años.
Queda claro, por otra parte, que el documental no es considerado material de exhibición comercial. Salvo el caso de Digna... hasta el último aliento, amparada en el prestigio de su director Felipe Cazals, otros trabajos meritorios -La pasión de María Elena, de Mercedes Moncada; Recuerdos, de Marcela Arteaga- siguen guardados, o fueron sacrificados como ocurrió con Gabriel Orozco, de Juan Carlos Martín. (Al parecer, al espectador nacional le interesa más la crítica a la política gringa, pues Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, se vendió en dvd piratas antes de su estreno).
Finalmente, hasta se perdió la causa del peso en taquilla para el cine mexicano. Eso sí, los exhibidores aumentaron el precio de la entrada bajo ese pretexto pero, como no hay forma de devolverle la diferencia al espectador, ¿adivinen quién se va a quedar con la lana? De una u otra manera, el cine mexicano siempre sale perdiendo.
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